sábado, 29 de agosto de 2026

Bajo la sombra de la Tierra: el eclipse lunar del 28 de agosto de 2026


 La madrugada del 28 de agosto de 2026 tuvo lugar un eclipse parcial de Luna especialmente profundo. La Luna atravesó la sombra proyectada por la Tierra sin llegar a quedar completamente sumergida en ella: el eclipse alcanzó una magnitud de 0,93 y, en los momentos próximos al máximo, únicamente permaneció iluminada directamente por el Sol una estrecha franja del disco lunar.

Desde la Península, la fase parcial comenzó a las 04:34, alcanzándose el máximo alrededor de las 06:12, cuando la Luna se encontraba ya descendiendo hacia el horizonte occidental. En buena parte del centro y este peninsular, de hecho, nuestro satélite se ocultó antes de que finalizara por completo la fase parcial.

La composición muestra doce momentos de mi observación, ordenados cronológicamente de izquierda a derecha y de arriba abajo. En las primeras imágenes puede apreciarse cómo la umbra terrestre va avanzando sobre el disco lunar hasta dejar reducida la zona directamente iluminada a un fino creciente. Cerca del máximo ocurre, sin embargo, algo especialmente llamativo: la parte de la Luna situada dentro de la sombra no desaparece, sino que adquiere una intensa tonalidad rojiza.

Ese color procede de la luz solar que atraviesa las capas de la atmósfera terrestre. Las longitudes de onda más cortas se dispersan con mayor facilidad, mientras que la luz rojiza consigue atravesar la atmósfera y, refractada hacia el interior del cono de sombra, alcanza la superficie lunar. En cierto modo, durante un eclipse la Luna recibe simultáneamente la luz rojiza de los amaneceres y atardeceres que rodean el limbo de nuestro planeta.

Tras el máximo, el proceso comienza a invertirse y la Luna va abandonando lentamente la umbra. En mi caso no fue posible completar fotográficamente toda la salida: el avance del amanecer terminó imponiéndose cuando el eclipse todavía continuaba. Las últimas imágenes del panel corresponden, por tanto, a las fases que pude registrar antes de que la creciente luminosidad del cielo pusiera fin a la observación.

El sencillo equipo utilizado durante la observación: la Canon EOS 200D para registrar las distintas fases del eclipse y, a la derecha, unos prismáticos para disfrutar del espectáculo visual. En el centro, la protagonista de la noche.

Reconozco que durante los días anteriores había seguido este eclipse con bastante menos expectación que el eclipse total de Sol que habíamos podido contemplar apenas dos semanas antes. Sin embargo, bastó subir a la azotea y encontrarme la Luna en este estado para que aquella indiferencia desapareciera de golpe.

Cuando comencé a fotografiarla, el eclipse ya había comenzado. La umbra terrestre había penetrado claramente en el disco lunar, dibujando sobre él el característico borde curvo de la sombra de nuestro planeta. Buena parte de la superficie permanecía todavía iluminada y permitía reconocer sin dificultad numerosos accidentes lunares. Destacaba especialmente Tycho, en la región meridional, rodeado por su espectacular sistema de rayos, que todavía se extendía por buena parte del hemisferio visible. Más al norte podía distinguirse también Plato.

A medida que avanzaba el eclipse, la superficie lunar directamente iluminada por el Sol fue reduciéndose hasta convertirse en una estrecha franja. Para conservar detalle en ella mantuve unos parámetros de exposición que evitaran quemar las zonas más brillantes; como consecuencia, la parte de la Luna sumergida en la umbra prácticamente desaparecía en la fotografía y el disco parecía haberse transformado en un fino creciente.

Las condiciones tampoco ayudaban ya demasiado. La Luna se encontraba cada vez más baja sobre el horizonte y conseguir un enfoque preciso empezaba a resultar difícil. Sin embargo, a esas alturas la calidad técnica de cada fotografía había pasado casi a un segundo plano. Seguir en directo el avance de la sombra terrestre, viendo cómo imagen tras imagen iba desapareciendo una porción mayor de la Luna, estaba resultando mucho más espectacular y emocionante de lo que había imaginado antes de comenzar la observación.

Y todavía faltaba lo mejor. La zona oscura que en estas exposiciones parecía haberse desvanecido no había desaparecido realmente. Bastaría aumentar la exposición para descubrir que dentro de la umbra seguía estando allí toda la Luna, débilmente iluminada y adquiriendo el característico tono rojizo de los eclipses lunares.

Visualmente, este fue sin duda el momento más espectacular de la observación. A través de los prismáticos, la Luna aparecía débil y profundamente rojiza, rodeada por las estrellas de fondo. Aunque técnicamente se trataba de un eclipse parcial, con una magnitud de 0,93, su aspecto recordaba muchísimo al de un eclipse total: solamente una estrecha franja del disco permanecía fuera de la umbra terrestre.

Fotografiar aquella apariencia requería cambiar por completo los parámetros utilizados hasta entonces. Si exponía correctamente la pequeña región todavía iluminada directamente por el Sol, la mayor parte del disco lunar desaparecía prácticamente en la oscuridad. Al aumentar considerablemente la exposición y la sensibilidad ISO sucedía lo contrario: aquella estrecha franja quedaba inevitablemente sobreexpuesta, pero emergía toda la superficie de la Luna sumergida en la sombra.

Y aparecía roja.

La umbra de la Tierra no es completamente oscura. Parte de la luz solar atraviesa nuestra atmósfera y es desviada hacia el interior de la sombra terrestre. Durante ese recorrido, las longitudes de onda más cortas —azules y violetas— son dispersadas con mucha mayor eficacia, mientras que las rojizas atraviesan mejor la atmósfera y terminan alcanzando la superficie lunar. Es, esencialmente, el mismo fenómeno que enrojece nuestros amaneceres y atardeceres.

Por eso el color de un eclipse lunar está, en cierto modo, producido por nuestro propio planeta. Vista desde la Luna en esos momentos, la Tierra ocultaría al Sol y estaría rodeada por un fino anillo rojizo formado por todos los amaneceres y atardeceres que en ese instante se producen alrededor de su limbo. Esa luz filtrada por la atmósfera terrestre es la que permite que podamos seguir contemplando la superficie lunar incluso cuando se encuentra profundamente introducida en la umbra.

En la fotografía también aparece, como un pequeño punto a la izquierda de la Luna, HD 212396, una gigante de tipo espectral K3 III y magnitud visual 7,15. Su presencia ayuda a transmitir algo que en la fotografía resulta difícil reproducir por completo: la impresión que ofrecía el eclipse observado con prismáticos, con aquella enorme Luna rojiza y apagada suspendida entre las estrellas.

Después del máximo, la situación comenzó lentamente a invertirse. La Luna fue abandonando la umbra terrestre y la luz directa del Sol reapareció por el lado opuesto del disco. Al comparar esta última imagen con las primeras de la noche se aprecia muy bien el cambio: la sombra que inicialmente parecía avanzar sobre la Luna ahora retrocedía, dejando nuevamente al descubierto una superficie cada vez mayor.

El eclipse aún estaba lejos de haber terminado, pero para nosotros la observación llegaba a su fin. Hacia el horizonte oriental comenzaban a percibirse ya las primeras luces del día. El Sol todavía no había salido, pero su proximidad empezaba a anunciarse en el cielo y la Luna, cada vez más baja, se acercaba también al horizonte. Era el momento de recoger.

Resultaba curioso pensar que apenas dieciséis días antes, el 12 de agosto, habíamos contemplado la alineación contraria. Entonces fue la Luna la que se interpuso entre nosotros y el Sol, proyectando su sombra sobre la Tierra y regalándonos un eclipse total de Sol. Ahora era nuestro propio planeta el que ocupaba la posición central: la Tierra se había interpuesto entre el Sol y la Luna y su enorme sombra había recorrido lentamente la superficie de nuestro satélite.

Dos eclipses separados por poco más de dos semanas y dos formas completamente diferentes de contemplar prácticamente el mismo juego de luces, sombras y movimientos entre tres mundos.

Había comenzado la noche sin demasiadas expectativas y terminaba recogiendo el equipo con una sensación completamente distinta. Ver avanzar la sombra sobre la Luna, contemplarla convertida en un débil disco rojizo entre las estrellas y verla después comenzar a recuperar su luz había resultado realmente emocionante. Uno de esos espectáculos de la naturaleza que, cuando se tiene la oportunidad, nadie debería perderse.

Aquella noche mereció la pena dormir un poco menos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario