En esta ocasión nuestro destino parece estar claro desde el primer vistazo. La imagen está dominada por IC 1196, una elegante galaxia espiral descubierta por el astrónomo estadounidense Lewis Swift el 7 de abril de 1888 e incorporada posteriormente al Index Catalogue. Situada a unos 73 millones de años luz de la Tierra, presenta una morfología Sa, con un bulbo prominente y unos brazos espirales relativamente cerrados.
Aunque no se trata de una galaxia especialmente conocida, sí ha formado parte de diversos estudios fotométricos realizados en el infrarrojo cercano. Estas investigaciones muestran una galaxia con un bulbo bien desarrollado, un ligero enrojecimiento en su región central —probablemente relacionado con la presencia de polvo interestelar— y una estructura espiral algo asimétrica, sin evidencias de una barra prominente. Es, en definitiva, una hermosa espiral relativamente cercana que constituye un objetivo muy atractivo para la observación astronómica.
A primera vista, todo parece indicar que nuestro viaje termina aquí. Sin embargo, las supernovas tienen la curiosa capacidad de sorprendernos. Y en esta ocasión, la verdadera protagonista de la historia no se encuentra en la brillante IC 1196, sino en un objeto mucho más discreto, situado apenas unos minutos de arco más al noroeste y prácticamente perdido entre el fondo estelar.
Si la primera imagen nos llevaba hasta la brillante IC 1196, la ampliación del campo revela ahora a la auténtica protagonista de esta historia. La flecha señala a SN 2026tmt, mientras que el pequeño objeto situado inmediatamente debajo, con apariencia casi estelar en nuestra imagen, corresponde a WISEA J160802.02+104718.3. La comparación con la imagen del SDSS permite apreciar que se trata de una diminuta galaxia de tonalidad anaranjada, prácticamente perdida entre las numerosas estrellas del campo.
La supernova fue descubierta el 10 de julio de 2026 por Michele Mazzucato, en nombre del programa SNHunt. En el momento del descubrimiento presentaba una magnitud 19,9 en banda V, mientras que una imagen obtenida apenas tres semanas antes no mostraba ningún objeto hasta una magnitud límite de 21,2, acotando así el momento de la explosión.
Tan solo un día después se obtuvo un espectro con el instrumento SNIFS, instalado en el telescopio de 88 pulgadas de la Universidad de Hawái. El espectro obtenido apenas un día después del descubrimiento permitió clasificar el objeto como una supernova de tipo Ia-91T-like, una peculiar subclase de supernovas termonucleares especialmente luminosas. Estas explosiones reciben su nombre de la célebre SN 1991T y se caracterizan por producir una gran cantidad de níquel radiactivo, responsable de alimentar el extraordinario brillo que alcanzan durante sus primeras semanas de evolución. El corrimiento al rojo medido fue de z = 0,147.
Y es aquí donde la historia da un giro inesperado. Mientras que la cercana IC 1196 dispone de estudios fotométricos, medidas precisas de distancia y una clasificación morfológica bien establecida, la verdadera galaxia anfitriona era, hasta la aparición de la supernova, poco más que una débil fuente extendida registrada por los cartografiados digitales del cielo. No existían medidas publicadas de distancia, velocidad radial o clasificación detallada. Paradójicamente, ha sido la explosión de una única estrella la que ha permitido situar a este remoto sistema en el Universo.
El valor obtenido para el corrimiento al rojo sitúa a la galaxia anfitriona a una distancia aproximada de 2.300 millones de años luz. Resulta emocionante que con un equipo amateur seamos capaces de detectar estar lejanas explosiones.





















